Aquella Córdoba
LA FIESTA DE LOS TOROS EN CÓRDOBA EN 1936
Fecha Publicación: 1 de agosto de 2011
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En 1936 la
fiesta de los toros era verdaderamente la
fiesta nacional, y nadie cuestionaba esto
fuese cual fuese su ideología política. Ni
el entonces minoritario fútbol ni ningún
otro deporte o espectáculo le disputaba el
favor del público. En el panorama nacional
se venía viviendo lo que se llamó la Edad de
Plata del toreo, continuación de la Edad de
Oro, la del fallecido Joselito y el retirado
Juan Belmonte. Las figuras que mandaban en
la fiesta eran, fundamentalmente, Marcial
Lalanda y Domingo Ortega, si bien el
escalafón taurino contaba con una buena
cantidad de excelentes toreros. |
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Cartel de la nocturna del
18 de julio. Cortesía de Taberna
La Sacristía |
Hoy en día se añoran aquellos tiempos y pensamos que se
toreaba mejor, que los toros eran más grandes, etc. Pero
la lectura de la prensa de la época, y en concreto el
suplemento Toros de la revista Córdoba Gráfica, nos
depara algunas sorpresas. Así, el 15 de enero de 1936
José Luis de Córdoba se quejaba de la actitud torerista
del público, que sólo se fijaba en el nombre de su ídolo
escrito con grandes letras en el cartel y se olvidaba de
los subalternos, cuyos nombres no se citaban en los
carteles “en contra del Reglamento”. Al público sólo le
interesaba el tercio de quites –menos mal, hoy ni eso- y
la faena de la figura en cuestión. También se quejaba de
los matadores-banderilleros, que si les correspondía en
suerte un toro noble le ponían unos pares vulgarotes y
cosechaban una gran ovación, mientras que si salía un
marrajo eran los subalternos quienes apechugaban y se
jugaban la vida. “Relance”, por su parte, se lamentaba
el 15 de mayo del tamaño de los toros, y decía que la
competencia Joselito-Belmonte había sido posible por el
tamaño de los toros, porque si bien José hubiese podido
con toros grandes Juan no lo habría logrado. Con los
toros que salían a los ruedos se actuaba con más
comodidad y era posible torear cien corridas anuales.
Más lejos iba Luis Ruiz de Castañeda en el número de la
misma fecha, donde se pronunciaba por la desaparición de
los burladeros, esas “garitas” que si bien habían sido
concebidas para cuando ocasionalmente los toreros no
podían saltar la barrera por estar disminuidos en sus
condiciones físicas ahora se utilizaban para citar
“inocentemente” al toro contra ellos para que se
quebrantase. En fin, que no era oro –ni Plata- todo lo
que relucía.
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En el
ámbito local la situación era distinta.
Vacante el califato, desde la retirada de
Machaquito Córdoba estaba ayuna de grandes
figuras del toreo. Habían surgido jóvenes
promesas que pronto se malograron, por lo
que la afición cordobesa tenía, como casi
siempre, muchas ganas de torero. La plaza
era el viejo coso de los Tejares, inaugurado
en 1846 cuando aquella zona estaba
extramuros de la ciudad. En 1936 la misma
plaza estaba en pleno centro de Córdoba, por
lo que el movimiento del público constituía
un espectáculo en sí mismo, acrecentado por
la cercanía del hotel Regina, donde se
vestían los toreros. |
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Trenes especiales para la
feria de Córdoba |
Córdoba era tierra de toreros y de toros. En las tierras
cordobesas pastaban reses de acreditadas ganaderías
provenientes de los más prestigiosos encastes: Indalecio
García Mateos, Félix Moreno, García Pedrajas…
La temporada taurina de 1936 se abrió el domingo 29 de
marzo con una novillada. Se lidiaron novillos de D.
Alfonso Olivares, bien presentados y que dieron buen
juego excepto el cuarto, burriciego y “con las ideas de
un poeta ultraísta”, en palabras del crítico “Filigrana”
(pseudónimo del periodista Rafael Gago). El cartel
estaba formado por Adolfo Villanueva, de Cazorla, Rafael
González (antes Machaquito) y Niño de Haro. Villanueva
venía precedido de cierta fama que quedó totalmente
desmentida cuando se dejó ir su primero de vuelta a los
corrales. González anduvo nervioso y mató mal, aún
cuando se le vieron destellos, y Niño de Haro quedó
inédito. La prensa destacó que se arrojaron al ruedo
varios espontáneos. El día siguiente el gobernador
civil, Antonio Rodríguez de León, aludió a este hecho en
su habitual charla con los periodistas, y dijo que había
dejado en libertad a los espontáneos no sin advertirles
que la repetición de estos hechos llevaría aparejada la
suspensión de actuar durante dos años en toda la
provincia. También tuvo lugar una colecta entre los
espectadores a beneficio de los damnificados por las
inundaciones, con resultado poco lucido.
El Domingo de Resurrección, 12 de abril, hubo toros,
como era tradicional. Se lidiaron novillos de D.
Indalecio García Mateos para los diestros Edmundo
Cepeda, Jesús González “El Indio” y la señorita torera
Juanita de la Cruz. La plaza registró buena entrada y
los novillos dieron buen juego. El festejo resultó
entretenido aunque no se cosecharon trofeos. Juanita de
la Cruz, tras despachar a su primero de pinchazo y
soberbio estoconazo, se resintió de una luxación en la
muñeca derecha, por lo que Cepeda hubo de lidiar el
sexto entre el escándalo del público, que exigía la
presencia de la señorita torera.
Nada complaciente fue la crónica que “Don P.P.”,
seudónimo utilizado entonces por José Luis Sánchez
Garrido, escribió en Toros de 15 de abril, titulada “Las
toreras, la Constitución y los toreros”. Comenzaba
confesando su oposición a la presencia femenina en los
ruedos en base a considerar a la mujer “un ser muy
frágil y delicado, incapaz de sostener con ventaja la
ruda lucha con los toros”. Y aunque las mujeres pudiesen
ejercer la profesión taurina con la Constitución en la
mano opinaba que “una cosa es que la Constitución –que
es una señora que no sabe de toros- lo permita y otra
bien distinta es que los aficionados a la fiesta se
conformen con el timo de las señoritas, y que los
toreros que con ellas alternen carguen con el “mochuelo”
una tarde sí y otra también”. Según Sánchez Garrido la
señorita torera mató a su primero –un becerro- y se echó
atrás ante su segundo, el más peligroso de la tarde.
Otro párrafo interesante de su crónica aludía a las
protestas del público ante las actuaciones de los buenos
picadores. Las protestas del público se referían a que
los novillos se agotaban después de una vara bien
puesta, y el cronista advertía que lo adecuado en esa
situación sería protestar por la pequeñez de los bichos
y no por la buena ejecución de la suerte de varas.
Cuando oímos a los viejos aficionados decir que hoy no
se practica como se debe la suerte de varas ni se la
valora pensamos que siempre se han cocido habas en la
fiesta.
El 3 de mayo abrió de nuevo sus puertas el coso de los
Tejares para dar una novillada en la que “Manolete” tuvo
una lucida actuación que le valió un contrato para la
feria. Toreó novillos de D. Eduardo Sotomayor alternando
con Félix Almagro y Pascual Márquez. La afición (y el
cronista, que esta vez firma como José Luis de Córdoba)
estaban picados por la fama de fenómeno con que se venía
presentando a Pascual Márquez y un grupo de espectadores
tuvo la ocurrencia de cantarle unas sevillanas. En estas
fechas Sánchez Garrido aún no creía en Manolete, le
consideraba un torero valiente cuya inconsciencia le
hacía torear inverosímilmente, “pero los toros le
enseñarán bien pronto que así no se puede torear”
(Toros, 15 de mayo de 1936).
Por aquel tiempo estaba en todo su apogeo el llamado
pleito de los toreros mejicanos. Los diestros españoles
venían quejándose de las facilidades que encontraban los
profesionales hispanoamericanos en España cuando ellos
tropezaban con todo tipo de trabas para actuar en
América. A tal punto llegó el malestar de las
asociaciones de profesionales del toreo que el
Ministerio de Trabajo, Sanidad y Previsión trató de
regular el asunto mediante orden ministerial de 2 de
mayo de 1936 (Gaceta de Madrid núm. 124 de 3 de mayo).
El preámbulo de la orden reconoce que la crisis de
trabajo llega incluso al mundo del espectáculo y “de lo
que en España constituye una de sus manifestaciones más
típicas e importante, la fiesta de los toros”.
Seguidamente admite que la actuación de lidiadores
extranjeros constituye una competencia muy lesiva para
los españoles y que es justo proteger los intereses de
éstos, pero también alude a que “el arte y el valor de
cada profesional es lo que constituye el principal
atractivo de la fiesta”. Es decir, que el público no
pide el pasaporte a los buenos toreros. No se olvida
hacer constar en el preámbulo que los toreros españoles
marchan a hacer la temporada americana al finalizar la
española, lo que parece una advertencia al mundo taurino
de que posturas excesivamente rígidas podrían traer como
consecuencia mayores trabas en América. En la parte
dispositiva se dictan una serie de normas que parecen
bastante sensatas y equitativas que dejan traslucir que
se va a aplicar reciprocidad en el trato. Los españoles
no quedaron satisfechos, probablemente porque la orden
no iba a disminuir en ese momento las actuaciones de los
extranjeros y en esa época se ventilaban en los
despachos los contratos más importantes de la temporada.
No faltaron incidentes, sobre todo en Madrid, donde se
llegó a producir una pelea en un café. En una corrida de
San Isidro el público daba vivas a los toreros
mejicanos, a lo que Victoriano de la Serna respondió con
un viva a España. Este grito, políticamente incorrecto
para las masas de izquierdas, ocasionó una bronca
monumental al torero quien, herido en su amor propio, se
fue a la puerta de chiqueros a recibir a su enemigo a
porta gayola, siendo cogido. También fue encarcelado
Marcial Lalanda como responsable de la asociación de
profesionales taurinos.
La feria comenzó en medio de este ambiente enrarecido.
El día 24 de mayo, a las cinco de la tarde, se corrió la
primera de feria. En el cartel figuraban los diestros
Domingo Ortega, Rafael Ponce “Rafaelillo” y Jaime
Pericás, que sustituía a “Cagancho”, cogido en
Barcelona, y en segunda instancia a Pepe Gallardo,
anunciado anteriormente como sustituto y también cogido.
Se lidiaron toros de Conradi, pequeños pero que dieron
buen juego. La plaza no registró el lleno, según algunos
por la manía del empresario, José Escriche, de incluir
toreros valencianos en la terna. Ortega estuvo como el
lidiador poderoso que era, oportuno al quite ante dos
caídas peligrosas, valiente y toreando con temple. Mató
bien, consiguió la oreja de cada uno de sus enemigos y
salió a hombros. “Rafaelillo” estuvo muy bien en su
primero, tanto con el capote como con la muleta, lo que
hizo arrancarse a la música. Pero mató mal, por lo que
no consiguió trofeos. Pericás tuvo una labor incolora
según Juan José de Lara, crítico de La Voz de Córdoba.
El de Diario de Córdoba, “Juanito”, añoró lo que hubiera
hecho el artista “Cagancho” toreando las peritas en
dulce que le correspondieron en suerte al mallorquín.
El día 25 repetía el maestro de Borox con Curro Caro y
Manolo Bienvenida, que sustituía al mejicano “Armillita”.
Y con ellos llegó el escándalo cuando una hora antes de
comenzar el festejo se negaron a torear en solidaridad
con los toreros detenidos en Madrid por el citado pleito
de los toreros mejicanos. El gobernador civil llamó a
los diestros a su despacho y, al reiterarse éstos en su
actitud, conferenció con la Dirección General de
Seguridad, advirtiendo a aquellos que si no toreaban
quedarían detenidos. Tras esto los mandó al hotel y se
retrasó media hora el comienzo del festejo para que los
espadas tuvieran tiempo de vestirse. Pero a la hora de
comenzar la corrida no se habían presentado en la plaza,
por lo que el público exteriorizó su protesta. Ante el
cariz de conflicto de orden público que tomaba el
asunto, con la presencia de muchos forasteros que se
sentían estafados, el gobernador ordenó a la fuerza
pública que condujese a los toreros a la plaza, lo que
así se hizo. Allí se levantó acta notarial de la
negativa, en la que Bienvenida era el más persistente.
El señor Rodríguez de León, que venía demostrando una
firmeza inusual en su actuación al frente de la
provincia, ordenó a los guardias de Asalto que pusiesen
a los toreros directamente en el redondel sin la
formalidad del paseíllo, lo que tuvo lugar entre una
bronca monumental con lanzamiento de almohadillas. Con
tal rapidez se cumplimentó la orden que Bienvenida salió
en mangas de camisa, pues no tuvo tiempo de ponerse la
chaquetilla. El primogénito del Papa Negro recibió al
primero de la tarde con una serie de verónicas que
hicieron olvidar al público su disgusto, tanto es así
que finalmente pudo ponerse la chaquetilla. Los toros
pertenecían a la ganadería del exmarqués (en
terminología republicana) de Albayda, bien presentados y
que dieron buen juego excepto el tercero, condenado a
banderillas de fuego. La tarde fue triunfal, cortando
Ortega cuatro orejas, un rabo y una pata. Terminada la
corrida, y una vez que se cambiaron, los toreros fueron
detenidos y puestos a disposición del Director General
de Seguridad.
El 26 se lidiaron seis novillos de Concha y Sierra para
las promesas del momento José Ignacio Sánchez Mejías y
Juanito Belmonte. Todavía coleaba la huelga por el
asunto de los mejicanos y, según manifestaciones del
gobernador civil a los periodistas, se mandaron guardias
de Asalto a El Carpio al tener noticia de que los
novilleros se habían apeado en aquella estación para no
torear, actitud en la que habría instigado, al parecer,
el recalcitrante Manolo Bienvenida. La cuadrilla de
Belmonte se fugó en coche, por lo que se dieron órdenes
a los puestos de la Guardia Civil para interceptarlos.
Conducidos todos a Córdoba los novilleros prometieron
torear, y fueron puestos en libertad junto a Ortega,
Bienvenida y Curro Caro. Según “Juanito” el público
salió complacido, especialmente con la actuación de
Belmonte.
La tarde del 27 se dio el espectáculo
cómico-taurino-musical de Llapisera, con la actuación de
los habituales bomberos, charlots, etc., y la banda “El
Empastre”. En la parte seria intervino el novillero
local “Pescaderito”, al que no acompañó la fortuna.
El día 31 se lidiaron 8 novillos de D. Francisco Natera.
Ni “Torerito de Triana”, ni Martín Bilbao ni Arturo
Marzal “Cerrajillas” despertaron el interés del público
ni el de “Don P.P.”. Éste fue el día que el cronista de
La Voz de Córdoba descubrió a “Manolete”, incluso llegó
a vislumbrar para él el califato vacante y consideró que
era el momento de presentarse en Madrid (Toros, en el
número del 30 de mayo, que debió retrasar su salida para
acoger esta crónica). “Manolete” hizo dos grandes
faenas, consiguiendo las dos orejas y el rabo de su
segundo. El crítico de Guión, Blancas del Cerro, también
escribió favorablemente del diestro cordobés. La prensa
registra la detención de un espontáneo, Amador Peña
Blanco, y de varios espectadores que lanzaron
almohadillas al ruedo.
El ciclo ferial se cerró, como de costumbre, con la
becerrada organizada por el Club Guerrita el martes 2 de
junio. Con la plaza atestada de público femenino, según
costumbre, presidió el segundo califa auxiliado por
Antonio Alarcón Zeedor y Francisco Santolalla,
presidente y vicepresidente, respectivamente, del Club
Guerrita. El niño Gonzalito de la Torre pidió, a
caballo, las llaves de la plaza. Actuaron Fermín Muñoz
Misa, Miguel Roldán Guerrero, Francisco Serrano y Rafael
Morte García. Los cronistas silenciaron la labor de los
aspirantes a figuras y únicamente destacaron al
varilarguero Joaquín Adame Asensio. Como siempre, lo más
destacable del festejo fue el jolgorio que producían los
revolcones en el redondel, la suelta de vaquillas en el
callejón atestado de hombres y de ratones en los
tendidos repletos de mujeres.
El domingo 7 de junio tuvo lugar la becerrada anual que
organizaba el gremio de taxistas. De nuevo el niño
Gonzalito de la Torre pidió las llaves y lidió una
becerra mansa a la que mató de un soberbio estoconazo.
La banda taurino-cómico-musical “Los Califas”, dirigida
por Paz Domínguez, interpretó escogidas composiciones y
lidió una becerra junto con el “Hombre de Piedra”. No
terminaron ahí las desdichas del pobre animal, que fue
rejoneado desde un automóvil. Los taxistas “Tomate”,
“Trabuco”, “El maestro de escuela” y “El Torero”
lidiaron cuatro novillos con desigual fortuna, si bien
el público se lo pasó bien. A ello contribuyó el buen
humor que derrocharon desde el tendido algunos miembros
de la popular peña “Los 99”. El gobernador civil impuso
una multa de 250 pesetas al empresario de la plaza por
haber modificado sin su permiso el programa de la
becerrada, incluyendo la lidia de un becerro por el niño
Gonzalo de la Torre. No he podido confirmar que este
niño fuese el mismo Gonzalo de la Torre que fue
asesinado en Bujalance en agosto de 1936.
Nuevamente volvió “Manolete” al coso de los Tejares el
14 de junio, ésta vez con ganado de García Pedrajas y
alternando con Enrique Torres, que había renunciado a la
alternativa, y “Cerrajillas”. Sánchez Garrido, firmando
esta vez como José Luis de Córdoba en el suplemento
Toros de 15 de junio una crónica en forma de carta
dirigida al de la Lagunilla, se le entregaba
completamente haciendo constar que su aplauso era
sincero porque ningún favor debía al diestro. Terminaba
su carta dándole un consejo que el tiempo, tras el
paréntesis de la guerra, revelaría acertadísimo:
“Administra tu arte. Administra tu actual cotización en
la bolsa taurina. Y confíate a un apoderado. A un
apoderado “bueno”, sin chismes de cafetín, ni
chalanerías de gitano viejo. Y fuera del angosto cerco
del provincianismo”.
Se produjo un conflicto relativo a la organización de
las nocturnas. Estos festejos, en los que jóvenes
aspirantes a figuras del toreo se enfrentaban con vacas
resabiadas, eran muy populares en una época en la que
había muy pocos entretenimientos; el calor de las noches
de verano, lo céntrico de la ubicación de la plaza de
toros, los regalos que se sorteaban después del festejo
y la certeza de pasar un rato divertido viendo a los
“figuras” contribuían al éxito de estas nocturnas.
Escriche había manifestado a la prensa que él tenía
contratado por cuatro años los festejos a celebrar en la
plaza de los Tejares, incluidas las nocturnas y las
funciones de cine. Pero el 16 de junio el gobernador
civil dijo a los periodistas (Guión del mismo día) que
le había visitado José Flores “Camará” y que le había
mostrado un contrato en regla, por lo que le había dado
permiso para que organizara estos espectáculos.
Posteriormente Escriche trataría de hacer valer sus
derechos, porque en Guión de 18 de junio el gobernador
manifiesta a la prensa que él se mantenía neutral en el
pleito de las nocturnas y que no se celebraría ninguna
mientras “Camará” y Escriche no llegaran a un acuerdo.
En El Defensor de Córdoba de 25 de junio Escriche
insiste en que por su parte no hay pleito alguno, como
lo demuestra el hecho de que teniendo contrato con la
sociedad propietaria y pagados los derechos reales ya
tiene organizado el festejo del próximo sábado.
En efecto, la primera nocturna se celebró el sábado 27
de junio. Componían el cartel Antonio Flores Díaz “Monicha”,
Antonio Flores “Antoñillo”, Jaime Navarro y Narciso
Gálvez “Guerrilla II”. El festejo fue entretenido,
siendo las crónicas más favorables para “Antoñillo”.
Unos espontáneos que se lanzaron al ruedo fueron
multados con 250 pesetas; al no haber satisfecho el
importe de la sanción ingresaron en prisión para cumplir
arresto de 15 días. Como era de esperar, el sorteo de
los regalos al final de la becerrada transcurrió entre
el regocijo del respetable.
El segundo de estos festejos se desarrolló el sábado 4
de julio. Con reses de D. Indalecio García Mateos,
bravas, actuaron “Molinillo”, “Cantitos”, “Charoles”,
“Niño del Hotel” y “Espadita”. Del elenco de diestros
sólo destacó “Charoles”, que obtuvo palmas por una faena
con algunos pases aceptables culminada con una estocada
de efecto fulminante. “El Niño del Hotel” tuvo que pasar
por el trance de ver devuelto su enemigo a los corrales
por no poderlo matar. De nuevo los regalos sembraron de
ilusión el coso de los Tejares. El premio gordo, de
1.000 pesetas, correspondió a José Molina Ruiz,
domiciliado en Avda. de Cervantes nº 32.
La nueva cita con los aspirantes a fenómenos de la
tauromaquia fue el sábado 11 de julio. “Recarcao”,
“Platerito II”, “Corchaíto” y “Finito de Montilla” se
las vieron con novillos de García Pedrajas. “Recarcao”
fue el triunfador de la noche al cortar una oreja de su
enemigo, mientras que “Corchaíto” recibió palmas a su
labor. Los otros dos espadas se mostraron incapaces. El
principal perjudicado de la noche, aparte de los
animales, fue “Guerrita Chico”, que era quien alquilaba
los trajes a los coletudos. En esta ocasión fue Rafael
Luque Pintor quien obtuvo las 1.000 pesetas, mientras
que Ángel Moyano Gavilán se llevó una bicicleta no sin
antes dar la triunfal vuelta al ruedo montado en ella
que los espectadores exigían en estos casos.
El triunfador, Mariano González “Recarcao”, tuvo plaza
en la cuarta nocturna, anunciada para el sábado 18 de
julio de 1936. Junto a Fermín Muñoz “Corchaíto”,
Francisco Muñoz “Niño del Club” y Agustín Angulo “Negro
del hotel Regina” habrían de enfrentarse a cuatro
novillos de Indalecio García Mateos. El cartel
anunciador detallaba la lista de regalos que constituían
un gran aliciente para los espectadores. Todo hacía
presagiar una noche entretenida al fresco y la
posibilidad de que la suerte fuese favorable en el
sorteo. Pero esa tarde....
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