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UN HISTORIADOR INDESEADO
Fecha Publicación: 1 de
septiembre de
2011
Así titula el historiador y arqueólogo
Fernando Penco Valenzuela un capítulo de su libro
titulado La foto de Capa. En realidad ese
capítulo es el meollo de un libro que vale bien poco
y sólo sirve al autor como pobre justificación de
por qué no ha sido él el primero en publicar la
localización exacta del lugar donde el fotógrafo
húngaro hizo su famosa foto del miliciano que cae.
Cualquiera que lea ese capítulo
llegará a la conclusión de que Penco ha sido víctima
de una vasta conjura cuyo fin era el de impedir que
un humilde investigador de provincias se alzara con
la gloria del descubrimiento. En esa conjura habrían
participado gentes del ICP, de la agencia Magnum,
algunos periodistas y yo mismo.
No soy hombre dado a la polémica, pero
dado que Penco se refiere en mí con insidias y
calumnias no tengo más remedio que entrar en liza y
defender mi integridad aún a riesgo de, como me
advierten algunos amigos, proporcionar al libro una
publicidad gratuita que en modo alguno merece por
sus propios méritos.
Comienza Penco con las alusiones a mi
persona relatando nuestro primer encuentro en el
Museo del Cobre de Cerro Muriano, y dice que
nuestro trato se intensificó e incluso llegamos a
realizar varias salidas al campo en busca del
posible lugar en el que Capa pudo haber
fotografiado al miliciano. Hasta aquí de
acuerdo, pero se equivoca totalmente cuando escribe:
En la última, a comienzos de marzo de 2009,
cuando escrutamos la parte más oriental del
frente, y vimos que la imagen no pudo ser tomada
desde allí, yo le comenté que quizá pudo ser hecha
por la zona de Espejo. Esta circunstancia él mismo
la reconoció en su web, pero no cita mi nombre sino
que me llama amigo. En marzo de 2009 no
inspeccionamos la parte más oriental del frente,
sino que estuvimos por la zona de la antigua
fundición y las gachas negras, en Cerro Muriano. Y
no fue nuestra última salida al campo sino,
probablemente, la primera. Estábamos en una altura
desde la que se domina perfectamente desde el camino
de los Pañeros hasta la vía férrea. Le comenté que
con toda seguridad debía haber sido una posición
republicana los días 5 y 6 de septiembre de 1936,
precisamente por su situación ventajosa. Pronto, su
experta mirada de arqueólogo descubrió el trazo de
una vieja trinchera casi desaparecida. Recuerdo que
le dije que en alguna de aquellas trincheras debían
yacer los cuerpos de entre 50 y 60 combatientes
republicanos que fueron fusilados sobre el terreno
tras ser hechos prisioneros la mañana del 6 de
septiembre de 1936.
Ese día comentamos que la foto de los milicianos disparando al
horizonte revelaba claramente que la foto no estaba
hecha en Cerro Muriano. Me rogó que no publicase
esto en mi página, como era mi primera intención,
porque en base a la localización de la foto en Cerro
Muriano tenía entre manos unos proyectos muy
importantes, que serían subvencionados por la
Diputación Provincial, Ayuntamiento de Obejo, etc.
La noticia de que la foto no se hizo allí daría al
traste con esos proyectos que, además, supondrían
una buena inyección para la economía local. Su
petición me pareció lógica y atendible, porque,
además, de nada servía decir que la foto no se había
hecho en Cerro Muriano si, a la vez, no se publicaba
la verdadera localización. En aquellos días saltaban
a la prensa noticias sobre el lugar de la foto, que
algunos situaban en Los Santos de Maimona (Badajoz),
otros en Aragón, etc.
Seguimos comentando sobre el
particular y Penco apuntó la posibilidad de que el
paisaje que se muestra en la foto correspondiese al
valle del Guadalquivir y las elevaciones que se ven
al fondo fuesen de Sierra Morena. Le contesté que en
ese caso habría que buscar en las cercanías de El
Carpio, puesto que en septiembre de 1936 las líneas
nacionales estaban en Las Cumbres, elevaciones
situadas entre este pueblo y Alcolea. Quedamos de
acuerdo para buscar ese sitio algún día. Pero en
ningún momento hizo mención alguna a Espejo.
Aún hicimos otro recorrido por Cerro
Muriano, por la zona de las Malagueñas. No recuerdo
la fecha, quizás porque fue un paseo improductivo.
Sí recuerdo que saludé a un conocido, funcionario
jubilado del Archivo Municipal de Córdoba, que
paseaba por la zona. Pero seguro que tampoco en esta
ocasión mencionó Espejo.
Por fin fuimos al valle del
Guadalquivir. Fue exactamente el 1 de mayo de 2009,
Fiesta del Trabajo, sobre las once de la mañana, en
la que sí fue nuestra última salida al campo juntos.
Como parece ser que no anotó bien esta fecha en su
cuaderno de notas le refrescaré la memoria citando
mi correo de 3 de mayo de 2009, en el que le
comentaba una foto de Capa que muestra un control en
un puente a cargo de unos milicianos. Le hacía notar
la semejanza del puente con el de los Remedios, en
las proximidades de Villafranca, cerca de donde
estuvimos el otro día. Como es natural, cuando
el 3 de mayo escribí el otro día me refería
al 1 de mayo y no a primeros de marzo.
Hicimos el trayecto en un vehículo de
su propiedad. Yo le conté con todo detalle el caso
Renée Lafont que él no debió anotar muy
cuidadosamente, ya que en lo que cuenta sobre esa
periodista francesa desliza alguna inexactitud. Ese
día quise fotografiar la casa de peones camineros
donde se refugiaron los milicianos que acompañaban a
la corresponsal francesa. No vimos la casa, oculta
por la maleza, y como íbamos a otra cosa dejamos la
foto. Recorrimos la zona hasta las inmediaciones de
Pedro Abad para llegar a la conclusión de que la
foto tampoco se había hecho allí. Sí fue ese día
cuando Penco me preguntó si las elevaciones que se
veían al fondo de la foto no podrían ser la
Subbética. Como ya expliqué en la página yo despaché
el asunto con un no rotundo, basado en el hecho, que
yo entonces creía incontestable, de que Capa no
había estado en esa zona. Pero siguió sin mencionar
la palabra “Espejo”. Por mi parte, llegué a la
conclusión de que la foto no estaba hecha en Córdoba
y que posiblemente hubiese sido hecha en Aragón.
Dejé de pensar en el asunto con la certeza de que
tarde o temprano alguien reconocería el paisaje.
Siempre según Penco su descubrimiento
fue fortuito. Le propuso al fotógrafo Larrea, ya sin
contar conmigo, hacer un recorrido por El Carpio y
Espejo el 8 de mayo, según él dos meses después de
que me dijera “Espejo”, aunque en realidad eso fue
una semana después de que me insinuara “Subbética” y
yo no le hiciera caso. Por otra parte, si, como él
dice, estaba sobre la pista de Espejo desde primeros
de marzo, ¿por qué demoró dos meses ir a
comprobarlo? Espejo está muy cerca. Tampoco cuenta
qué le sugirió Espejo como lugar de la foto, si una
inspiración de Clío o de alguna otra musa más
terrenal que pudiese haberle musitado al oído que un
vasco había rondado por Espejo a vueltas con unas
fotos de la guerra. Porque aclaremos ya que
Susperregui estuvo en Espejo el 19 de marzo de 2009,
terminó de escribir el texto y lo entregó a una
empresa de diseño gráfico la primera semana de
abril, según he sabido recientemente. ¿Qué sabía
Fernando Penco ese 19 de marzo? Nada nos aclara al
respecto.
Y no hubo más hasta el viernes 5 de
junio de 2009. Ese día me llamó José Manuel
Susperregui para decirme que había localizado el
lugar de la foto, un sitio perteneciente
al término municipal de Castro del Río aunque más
cerca de Espejo. Añadió que lo había publicado
en un libro, Las sombras de la fotografía,
del cual iba a mandar un ejemplar a Fernando Penco y
otro a mí. En los primeros momentos pensé que
Susperregui estaba equivocado porque Capa no había
estado por esa zona. Llamé a Penco para darle la
noticia y advertirle de la próxima llegada del libro
a su atención. Para mi sorpresa Penco me dijo que no
era en Castro sino en Espejo, que él ya había
encontrado el sitio. La sorpresa, evidentemente, fue
darme cuenta de que Penco sabía el lugar donde se
hizo la foto y nada me había dicho. Se mostró
desolado porque la financiación para sus proyectos
en Cerro Muriano se iba al traste.
Esa misma noche me envió un correo electrónico con el montaje de
la foto de los milicianos disparando al horizonte y
la que tomó Juan Larrea con el mismo fondo, montaje
hecho, según él, el 8 de mayo. En ese correo, que
también yo tengo guardado a disposición de quien
quiera verlo, me dice que tenía localizado el lugar
desde un mes atrás y que NO ME HABÍA DICHO
NADA por dos motivos: para no perder los
proyectos que tenía entre manos en Cerro Muriano y
porque había seguido la regla básica del
investigador, según la cual el que descubre algo
sigila y publica. También me pide el favor de
que no publique el documento porque es confidencial,
aunque quiere que yo lo tenga.
Véase como en este correo de junio
reconoce sin ambages que no me había dicho nada.
¿Por qué sale ahora diciendo que en marzo me había
advertido que la foto estaba hecha en Espejo?
Esa misma noche le contesté dándole la
enhorabuena por el montaje y me respondió el día
siguiente, 6 de junio, dándome las gracias y
añadiendo que de poco sirve la enhorabuena si
tú no das la primicia... Te digo más, es
imposible que Susperregui haya adivinado el lugar si
no es con el apoyo o la orientación de alguien de
Córdoba. Me extraña (y mucho) que haya sido un
cronista oficial. Les conozco y ni por asomo podrían
intuir el lugar. (Ha cambiado muchísimo). Bueno,
amigo, ya se sabrá todo.
Todavía intercambiamos algún correo. A
petición suya le envié unos datos del libro Horas
robadas, de Miguel Pascual Mira, que no me
despreció. Aproveché para decirle que había notado
su susceptibilidad hacia mí, que estaba haciendo
unas alusiones sin fundamento e intenté volver a
explicarle que de ninguna manera yo podía haber
filtrado lo que no sabía. Sin éxito.
Me encargó por dos veces que no
mostrase a nadie la foto y así lo he hecho, no
obstante sus sospechas. El montaje que me mandó
difiere del que ha publicado posteriormente, por lo
que estoy seguro de que, gran desconfiado, habrá
comprobado que la versión que me envió no se ha
difundido. Para entonces ya me había quedado claro
que me había marginado de su investigación cuando
dejó de necesitar mis conocimientos militares
y bastantes otros datos sobre corresponsales de
guerra, prensa francesa de la época, etc. En ese
momento lo que necesitaba era un fotógrafo. Y
también me quedó claro que, como ya me había
reconocido en aquella salida al campo del mes de
marzo, se encontraba atado por unos proyectos para
los que esperaba sustanciosas subvenciones
oficiales. ¿Fue por esto por lo que no publicó su
descubrimiento digamos el 12 de mayo, un día después
de que Larrea terminara el fotomontaje?
A partir de ahí comenzaron sus
alusiones maliciosas. La primera fue decirme que no
podía creer que fuese cierto que Susperregui hubiese
descubierto el sitio con su método de trabajo, que
no creía que un alumno de un instituto hubiese
reconocido los Llanos de Banda en una foto mostrada
por su profesor. Que “alguien” de Córdoba había
ayudado al profesor vasco. Ya he dicho que es
profundamente desconfiado, por lo que supongo que
antes de no publicar esto en su libro habrá
comprobado la veracidad de lo que cuenta Susperregui
en relación a cómo llegó a los Llanos de Banda.
Ahora se descuelga en su obra con una nueva insidia:
que tras nuestra conversación telefónica yo advertí
a Susperregui de que no era en Castro sino en
Espejo, y que por ello el profesor vasco cambió
repentinamente su versión a partir del 5 de junio,
de forma que en la entrevista que publicó ABC el 14
de junio el profesor vasco omitió Castro del Río
que sustituyó por Espejo. En resumidas cuentas:
según la calenturienta imaginación de Fernando Penco
la secuencia de los hechos habría sido ésta (y
espero que el lector aprecie la ironía): Susperregui
me dice que ha descubierto el sitio en el término de
Castro del Río; yo le doy la noticia a Penco que
contesta que no es en Castro sino en Espejo. Cuelgo,
llamo a Susperregui y le advierto de su error.
Posiblemente, como colofón a la traición, esa misma
noche le mando el montaje minutos después de
recibirlo de Penco. Susperregui corre a la editorial
de la Universidad del País Vasco y consigue que se
retire toda la edición, que ya estaba en la calle.
Rápidamente escribe la corrección y devuelve la obra
a la imprenta que trabaja día, noche y fin de
semana, de forma que cuatro días después, el martes
9 de junio, salen para Córdoba dos ejemplares del
libro, ya corregido, uno para Penco y otro para mí.
Es cierto que el libro demoró algo su llegada, hasta
el 24 de junio, pero al leer la página 102 pude ver
finalmente el fruto de mi traición: A pesar de
las dificultades del olivar la ubicación de estas
fotografías de Robert Capa, incluyendo, por
supuesto, “Muerte de un miliciano”no es Cerro
Muriano, sino el cerro Ventorrillo que está en el
paraje conocido como Llano de Banda, que pertenece
al término municipal de Castro del Río, aunque
queda mucho más cerca de la
población de Espejo; concretamente a 5
kilómetros 350 metros de la rotonda de Espejo, donde
comienza la carretera CO-4204 dirección a Nueva
Carteya. Y en la página 106, remacha en el
tercero de sus cinco “níes” que escribe a modo de
conclusiones: Ni fue durante la batalla de Cerro
Muriano sino en el frente de Espejo.
Esta versión, término de Castro del
Río pero cerca de Espejo, es la que yo
le di telefónicamente a Penco el 5 de junio. Sin
embargo, él prefiere aferrarse a la palabra “Castro”
para autoconvencerse de que ha sido víctima de una
traición y no de su propia tardanza en publicar.
Pero no cae en la cuenta de que al hacer eso cambia
de versión, ya que mi “chivatazo” a Susperregui ya
no habría sido en marzo, como sostenía
anteriormente, sino exactamente el 5 de junio.
Hay otra cosa que le reafirma en sus
sospechas, el hecho de yo que fuese a una tienda de
la Corredera para preguntar la dirección de Virgilio
Peña. Según él yo me presentaba como el ayudante
de un profesor vasco y mostraba con postín su libro
como carta de presentación. Para Penco esto es
una prueba irrefutable de que yo colaboraba y
conspiraba con Susperregui con anterioridad hasta el
punto de filtrarle a éste los descubrimientos del
arqueólogo cordobés.
Veamos que pasó. José Manuel
Susperregui contactó conmigo por primera vez el 28
de febrero de 2009 mediante un e-mail que dirigió a
la cuenta de mi página web. Me pedía –no a mí, sino
“a quien corresponda”, puesto que no me conocía ni
sabía quien estaba a cargo de la página- que le
situara la posición de los frentes cordobeses en
agosto-septiembre de 1936. Informaciones como esa me
las piden muchas personas y no se las niego a nadie.
Tuvimos más contactos en los que le ilustré con lo
que Penco llama mis conocimientos
militares, de los que, por cierto, él también se
ha aprovechado. Nada le pude decir de Espejo porque,
como ya ha quedado claro, nada sabía de ello. Del
estado de sus investigaciones no me informó hasta
aquel 5 de junio con el libro ya publicado.
Susperregui también “sigiló”, como es lógico, pero
publicó rápido al no tener otros compromisos que le
atasen.
En agosto de 2009 vino otra vez a
Espejo. Quedamos citados y, por fin, una calurosa
tarde nos conocimos personalmente. Hicimos un
recorrido por la zona. Me dijo que había preguntado
en el pueblo por testigos de la época y le habían
hablado de Virgilio Peña, antiguo miliciano espejeño
que vivía en el sur de Francia (Fernando Penco me
había hablado de Peña pero tampoco le dije nada de
esto a Susperregui, quien lo averiguó por su cuenta
en Espejo). El sur de Francia le quedaba a José
Manuel a tiro de piedra, por lo que decidió
contactar con Peña. Para ello necesitaba su
dirección. En el pueblo no se la supieron dar, pero
le remitieron a unos familiares de Virgilio que
tienen una tienda en la plaza de la Corredera. Como
José Manuel no podía demorar la vuelta me pidió que
hiciera yo esa sencilla gestión, lo que hice sin
problema y sin ocultarme para nada. No recuerdo las
palabras exactas que pronuncié al hablar con el
cuñado de Peña, pero seguro que no dije ayudante,
porque ni tengo ayudantes ni soy ayudante de nadie.
Sobre el postín con el que me presenté libro
en mano diré que quienes me conocen saben que por
carácter, edad y experiencia de la vida estoy
bastante curado de vanidades y vacunado contra
torpes alabanzas como las que, en otros tiempos,
dirigía Penco a mis presuntas grandes cualidades
como investigador. Lo de llevar el libro era para
dejar muy claro cual iba a ser el objeto exacto de
la visita de Susperregui a Peña. Por experiencia sé
que estos veteranos pueden cerrarse en banda si se
les pregunta o creen que se les va a preguntar por
algo que les pueda incomodar, como, por ejemplo, las
matanzas que tanto se prodigaron en la época (en
Espejo a partir del 22 de julio). En ese caso les
suele fallar bastante la memoria, tan lúcida para
otras cosas.
Espero que quede suficientemente
aclarada la secuencia de los hechos. Finalmente, y
en defensa de mi honor e integridad, quiero dejar
bien claros los siguientes extremos:
-
Colaboré con Fernando Penco con total
lealtad, lealtad que no se vio correspondida por su
parte porque quería todo para él, la gloria del
descubrimiento y, a la vez, la financiación y la
materialización de los proyectos que había
emprendido en Cerro Muriano.
-
En ningún momento le he pasado información a
José Manuel Susperregui sobre los progresos que iba
haciendo Penco. En particular nada le dije ni le
pude decir sobre Espejo, porque Fernando Penco me lo
ocultó (“sigiló”, según sus propias palabras) hasta
el 5 de junio, con el libro de Susperregui ya
publicado. Esta negativa rotunda hubiese tenido
total validez en sentido contrario, es decir, nada
le hubiese dicho a Penco de lo que me hubiese
confiado Susperregui.
-
No entiendo como un historiador, arqueólogo y
escritor del prestigio de Fernando Penco recurre a
difundir infamias mediante un libro en lo que parece
querer ser un ajuste de cuentas –impropio en un
historiador profesional, por otra parte- y tiene
todo el aspecto de ser el berrinche de un niño
malcriado que por desear dos juguetes se ha quedado
sin ninguno. |