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EL CASO RENÉE LAFONT
Cuando
en el año 2004 revisaba los libros de defunción del
Registro Civil de Córdoba encontré una inscripción
que me pareció muy extraña. En efecto, en el folio
nº 3 del tomo 159, Juzgado de la Derecha, se anotó
el 12 de noviembre de 1936 la defunción de Renée
Lafont, de nacionalidad francesa, de la que se
ignoran más circunstancias. Falleció en esta Capital
desconociéndose en qué lugar el día primero de
septiembre del año actual no se dice a qué hora a
consecuencia de anemia aguda por hemorragia
consecutiva a heridas recibidas. ¿Por qué no se
conocían más circunstancias de la víctima? ¿Y cómo
podía ser que se ignorase el lugar en que ocurrió el
fallecimiento y el cementerio en que se sepultó el
cadáver?[i]
¿Por qué se tardó más de dos meses en inscribir la
defunción en el Registro Civil? También resultaba
extraño lo alambicado de la expresión de la causa de
la muerte. ¿Por qué no se citaba el origen de las
heridas, como sí ocurre en otros casos? ¿Por qué, y
a pesar de que la inscripción se hacía en virtud de
orden del juez de Instrucción del Distrito de la
Derecha, certificaba un medico militar y no el
forense adscrito al juzgado? Demasiadas preguntas
sin respuestas. Además, el nombre de esta mujer no
aparecía en los libros de inhumaciones de los
cementerios. En cualquier caso, y a falta de más
datos, no podía asegurar que fuese una víctima de la
guerra y Moreno Gómez tampoco la citaba en su
listado de fusilados, por lo que tomé nota pero no
la incluí en la relación de víctimas que
confeccionaba por aquel entonces.
Ese mismo año conocí a D. Luis de la
Fuente Román (q.e.p.d.). En julio de 1936 este señor
estaba terminando su servicio militar en el
Regimiento de Artillería Pesada nº 1, pero el
comienzo de la guerra le impidió licenciarse. En una
de las primeras conversaciones que sostuvimos me
contó cómo fue agregado a la dotación de un
antiaéreo de 20 mm. Una noche, estando en el
emplazamiento de la pieza en la rotonda de la
Victoria, donde comienza la actual avenida del Conde
de Vallellano, los sirvientes de la pieza vieron
pasar un camión con detenidos. Cuando los presos
vieron que en vez de tomar la dirección de la Huerta
del Rey hacia la cárcel (el Alcázar de los Reyes
Cristianos) enfilaban hacia el cementerio de la
Salud comprendieron lo que les aguardaba y
comenzaron a gritar. Entonces una mujer francesa se
tiró del camión, pero el vehículo paró, la volvieron
a subir y continuó la marcha. Poco después oyeron
las descargas. A la mañana siguiente los artilleros
vieron como los sepultureros entraban los cuerpos al
cementerio utilizando carrillos de mano. El
fusilamiento había tenido lugar en la zona conocida
como Arroyo del Moro, que se corresponde con el
actual aparcamiento situado en la tapia norte del
cementerio y, por tanto, visible desde la rotonda de
la Victoria. A la pregunta de cómo sabía que la
mujer era francesa D. Luis respondió que lo oyó
comentar en el cuartel la mañana siguiente.
Inmediatamente relacioné este caso
con la extraña inscripción del Registro Civil y la
curiosidad me llevó a buscar más datos sobre esta
mujer. Sabiendo la fecha de la muerte era fácil
buscar en la prensa de la época. En efecto, se
ocupan de los hechos La Voz de Córdoba y
El Defensor de Córdoba de 2 de septiembre y
Guión de 1 de septiembre. Los relatos de los
diarios son bastante coincidentes entre sí y con la
versión que nos ofrece el historial de la 5ª Batería
del Regimiento de Artillería Pesada nº 1. Este
relato dice así:
El 29 de
Agosto, a las 11 horas, se acerca un coche ligero a
la posición de las Cumbres, por la carretera general
y procedente del campo enemigo. Ante la presencia de
un avión propio[ii]
que efectúa un reconocimiento, el coche se detiene y
descienden de él tres individuos que se guarecen en
una alcantarilla; pasado el avión, los tres
individuos salen del refugio y se dirigen al coche,
en cuyo momento el Capitán de la 5ª Batería, de
guarnición aquel día en las Cumbres, les dá el alto,
y como no obedecieran se les hace fuego de fusil, al
que ellos contestan con tiros de pistola, echándose
a tierra; a poco, dos de los individuos se levantan,
y a pié, emprenden la huida a sus líneas,
perseguidos por una guerrilla propia que sale de las
Cumbres al mando del Teniente Don Juan Sánchez
Ramírez. El Capitán Macías en vista de que esta
guerrilla se aleja demasiado, hace tocar llamada, y
el Teniente Sánchez Ramírez regresa a la posición,
no sin traer hasta ella el coche ligero y al
individuo que quedó en tierra, que resultó herido en
una rodilla y ser mujer, de más de 50 años, y
vestida de hombre; es conducida –incomunicada- a
Córdoba. El enemigo dificulta cuanto puede la
entrada en las Cumbres de la citada mujer y del
coche (éste es un Studebakers del Ministerio de la
Guerra rojo[iii]),
y para ello efectúa un tiro de prohibición con G.M.
a tiempos de 105; después hace avanzar una guerrilla
de 40 hombres hacia Las Cumbres, cuyo probable
propósito parece ser el de recoger a los otros dos
ocupantes del vehículo, refugiados en una caseta de
peones camineros[iv]
a 1.200 metros de la posición propia, pero por si es
otro, la 3ª Batería de O. 155/13 del Sector, rompe
el fuego sobre la guerrilla, que a la segunda
rompedora se retira a sus atrincheramientos.
Como
detalles adicionales hay que destacar que, según
La Voz de Córdoba, a la detenida se le ocupó un
carnet comunista y un alfiler con la hoz y el
martillo, y
fue sometida al Tribunal Militar correspondiente que
la juzgó y sentenció[v].
Nótese como las informaciones de prensa aparecen
después de la muerte; incluso El Defensor de
Córdoba añade que la emisora local radió una
nota oficiosa en relación con el asunto.
Evidentemente se trata de informaciones facilitadas
por las autoridades militares, lo que lleva a
preguntarse por qué dar tanta publicidad a algo que
podría traer repercusiones negativas.
Por esta zona, entre Montoro y El
Carpio, estuvo también la periodista francesa Andrée
Viollis, quien relataba en sus crónicas que el
vehículo que se le había facilitado había sido
requisado al torero Antonio Márquez. Viollis, que
trabajaba para Le Pétit
Parisien, había llegado
desde Madrid en compañía de tres periodistas
ingleses; después de pasar por el cuartel general
republicano en Montoro, algo que, al parecer, debían
hacer todos los periodistas para obtener permiso
para visitar al frente, se dirigió a las
avanzadillas pero no la dejaron pasar. Al parecer,
ese día, que debió ser probablemente el 26 de
agosto, los milicianos de la barrera de control
estaban más atentos y no cometieron el error que le
costó la vida a Lafont y que también estuvo a punto
de tener consecuencias fatales para el fotógrafo
“Alfonso” cuando unas semanas antes de la captura de
Renée Lafont tuvo lugar un incidente parecido en el
mismo sitio. Según se relata en Estampa de 15
de agosto de 1936, en un artículo titulado La
aventura de dos fotógrafos en el frente andaluz
firmado por J. Lorenzo Carriba, el famoso fotógrafo
“Alfonso” y su hermano Pepe quisieron ir al frente
andaluz porque de éste se habían publicado pocas
fotos y relatos verbales. Dice el fotógrafo:
Salimos de El Carpio de madrugada,
en dos coches, ocupados por milicianos, guardias de
Asalto, el delegado del Gobierno, señor Escudero y
nosotros. Convencidos de que la columna del general
Miaja iba delante, enfilamos los autos carretera de
Córdoba arriba, presurosos de sumarnos de nuevo a
las tropas gubernamentales. El sol era abrasador, la
sed empezaba a atormentarnos. A los ocho kilómetros
de recorrido llegamos ante la casita de un peón
caminero. “A Córdoba, 32 kilómetros”, se leía.
Paramos y llamamos a la puerta; nadie respondió.
Subimos de nuevo al coche y seguimos el avance. -
¿No notaron ustedes nada anormal? – Sí; a nosotros
empezaba a parecernos extraña aquella desolación en
el paisaje, sin un soldado, sin un miliciano...De
pronto, un cortijo a la vista y un frenazo en los
coches: la carretera está interceptada por unos
postes telefónicos, y detrás, como dos relámpagos
asoman y desaparecen dos figuras humanas, que hacen
contra nosotros disparos de fusil. Nuestros
acompañantes hacen una descarga cerrada al aire,
atropelladamente, sin tiempo de apuntar. Al mismo
tiempo, los conductores de los coches dan, en medio
del inesperado desconcierto, marcha atrás y,
acogidos a la protección de un recodo, vuelven a los
coches hacia El Carpio y lanzan los vehículos, recta
adelante, a toda velocidad, mientras nuestros
acompañantes responden con descargas cerradas al
tableteo de una ametralladora que los fascistas
manejaban desde el cortijo. “¡Han tenido ustedes
suerte!”, les dijo el general Miaja.
Fueron muchos los periodistas,
españoles y extranjeros, que llegaron en esos días a
tierras cordobesas atraídos por la inminente caída
de la ciudad, anunciada a bombo y platillo por el
Gobierno. El austríaco Franz Borkenau, que viajaba
acompañado de los fotógrafos Hans Namuth y Georg
Reisner, también llegó al frente cordobés y hace una
referencia al caso Lafont en su libro El reñidero
español (Ediciones Península, Barcelona 2001).
Este libro está escrito en forma de diario, y en la
entrada correspondiente al 4 de septiembre de 1936
(página 189) dice:
Pocos días antes de nuestra visita,
en este mismo lugar, una periodista francesa llamada
Renée Lafont siguió conduciendo sin percatarse de
que se había adentrado en las líneas enemigas hasta
que cayó en una emboscada. Tirotearon el coche, la
periodista cayó herida y la capturaron voluntarios
fascistas. Una nota a pie
de página dice que murió a causa de las heridas
mientras estaba encarcelada en Córdoba como
prisionera de guerra.
Contrariamente a lo que podríamos esperar las
repercusiones de la muerte de Renée Lafont en
Francia fueron escasas. Por ese tiempo la prensa
francesa sí se ocupaba del fusilamiento en Mallorca
de Guy de Traversay, corresponsal de
L’Intransigeant de París, así como de la muerte
en Tetuán de un cabo de Aviación francés que había
desertado de la Zona gala del Protectorado. En
cambio no encontramos noticias sobre Lafont hasta el
5 de octubre de 1936, cuando el periódico para el
que trabajaba – Le Populaire, órgano del
partido socialista francés- publicó una escueta
noticia según la cual su corresponsal había muerto
dos días atrás a consecuencia de las heridas
recibidas al ser capturada por los rebeldes. La
edición del día siguiente incluye un artículo más
amplio salido de la pluma del político socialista
Bracke-Desrousseaux, que reprodujo también Le
Midi Socialiste de Toulouse del 7 de octubre.
Bajo el título Morte pour l’Espagne nouvelle
hace una semblanza de la periodista y añade que la
última noticia que se tuvo de ella provino de un
periodista inglés[vi]
que la había precedido en una carretera amenazada
por donde ella iba con una escolta de milicianos. Ni
por un momento duda Bracke de que Lafont muriese a
consecuencia de las heridas recibidas al ser
capturada, aunque sí se muestra escéptico sobre la
calidad de los cuidados que hubiese podido recibir.
La noticia de la muerte de Renée Lafont volvió a la
España republicana de mano de un despacho de la
agencia Havas que reproduce La Vanguardia
del 8 de octubre.
El año siguiente, entre el 15 y el
18 de mayo de 1937, el Partido Socialista Francés
celebró su XXXIV congreso en Marsella. Allí se tuvo
un recuerdo para los militantes desaparecidos desde
el anterior congreso y se citó a Jean Bélaidï,
aviador franco-argelino de la escuadrilla de André
Malraux muerto en combate, y a Renée Lafont,
membre de la 5ª Section de Paris, morte sur le front
républicain d’Espagne.
En
Córdoba había un cónsul honorario francés, que
precisamente había elevado una protesta con motivo
del bombardeo del 2 de agosto, el primero con
víctimas mortales, al igual que otros cónsules
acreditados en la ciudad. No sabemos qué gestiones
pudo hacer en orden a esclarecer la suerte de Renée
Lafont, aunque todo parece indicar que hubo una
voluntad de silenciar el episodio, tal vez para no
complicar las ya difíciles relaciones de los
sublevados con la Francia del Frente Popular, aunque
no deja de ser extraño que el presidente del Consejo
francés, el socialista Leon Blum, no reaccionase
ante la muerte de una correligionaria. Escribí un
e-mail al consulado francés de Sevilla para tratar
de obtener datos de esta súbdita francesa, pero no
obtuve respuesta. En una visita personal no conseguí
pasar del mostrador de recepción, donde me dijeron
que allí no se conservaba documentación de la época
de la guerra civil[vii].
Pero, ¿quién era en realidad Renée
Lafont? Sabemos ya algo de su muerte pero poco de su
vida porque es una figura olvidada, incluso en
Francia. Noticias de prensa y, sobre todo, las
memorias de Alberto Insúa nos pueden acercar algo a
su personalidad, poco corriente para una mujer de la
época. Hija de Charles Lafont, profesor de Retórica,
recibió una educación esmerada y fue a la
Universidad en un tiempo en que pocas mujeres lo
hacían. Era una apasionada de España y de su
cultura, que procuró promocionar siempre, lo que le
valió el aprecio y el agradecimiento de muchos
escritores españoles.
La prensa española dio referencias
de ella en bastantes ocasiones. Así, la revista
Mundo Gráfico de 22 de enero de 1913 incluye una
foto suya y la cita como ilustre escritora y
presidenta de la sección hispano-americana de la
revista Parthenon. La revista Blanco y Negro
del siguiente 6 de julio publicaba en la página 32
otra foto- que parece ser la misma- con el siguiente
pie: Mlle. Renée Lafont, culta hispanófila y
escritora francesa, que ha traducido “El demonio de
la voluptuosidad”, de Alberto Insúa. Se nos
muestra la imagen de una mujer de facciones marcadas
pero de un indudable atractivo centrado en una
intensa mirada, entre decidida y soñadora y con todo
el ímpetu de la juventud. El diario ABC de 17
de marzo de 1914 anuncia la publicación en español
de su novela La voz del mar, y describe a la
autora como una espiritual novelista francesa muy
conocida en España por su hispanofilia y por la
traducción de los autores españoles más importantes
del momento.
El estallido de la Primera Guerra
Mundial le sorprendió en España, y viendo el
apasionamiento con que se veía el conflicto en
nuestro país entre aliadófilos y germanófilos hizo
una encuesta entre los intelectuales españoles más
destacados del momento solicitándoles su opinión y
su posicionamiento ante la guerra, encuesta que
publicó La Renaissance politique, littéraire et
artistique de 20 de marzo de 1915.
Años más tarde, en La Esfera
de 15 de diciembre de 1923, aparece un artículo de
Federico García Sanchiz titulado Renée Lafont y
su hispanofilia que incluye un retrato a
plumilla de la francesa. Esta imagen nos muestra un
rostro mucho más ajado, anguloso y cansado que el de
diez años antes. El autor alaba su papel como
traductora y directora de la sección ibérica de la
editorial Flammarion dando a conocer la obra de los
autores españolas, de los que Sanchiz la considera
“madrina”. Y ello porque en Francia ignoraban lo que
acontecía en el ámbito literario al sur de los
Pirineos -aunque algunos negociantes pretendían
editar obras de autores españoles a condición de que
el gobierno español los subvencionase- y porque en
España se había establecido un tribunal de
inquisidores que trabaja en la sombra (y) envía
informes favorables sólo a unos elegidos de su clan:
“Aquí no hay más que nosotros”, dicen. Contra
estos inconvenientes luchaba Renée Lafont, para
quien sería demasiado injusto el silencio y
bochornoso el desdén, cuando la actual literatura
castellana supera a la italiana y la inglesa en
calidad y cantidad. Y terminaba la escritora:
Por mucho que haga siempre estaré en deuda con esa
España que no puedo olvidar desde que, visitándola
detenidamente, pude estimar todo su ardor
caballeresco.
En el llamado Centro Documental de
la Memoria Histórica, es decir, en el Archivo de
Salamanca, se conservan unas cartas que Renée Lafont
intercambió con Marcelino Domingo. La primera está
fechada en Las Palmas de Gran Canaria el 15 de abril
de 1931, recién proclamada la República. La francesa
felicita al flamante ministro de Instrucción
Pública, le solicita una interviú para cuando pase
por Madrid y termina con un viva a la República.
El 23 de mayo Lafont vuelve a
escribir, esta vez desde su domicilio parisino en el
73 de la calle Cardinal Lemoine, cerca de la Sorbona
y del Panteón; durante su estancia en España su
padre ha muerto repentinamente, y ella queda a cargo
de su anciana madre y no en muy buena situación
económica. También confiesa que su salud no es
buena. Por todo ello le pide a Domingo que medie
para que le den una corresponsalía en París para un
periódico avanzado español, se ofrece para
escribir artículos en revistas literarias o
artísticas españolas y para hacer propaganda a favor
de la República. Cita a Indalecio Prieto y a Ortega
y Gasset como personas que la conocen y pueden
apoyarla. Domingo responde con buenas palabras pero
sin darle soluciones: la revista La Esfera,
para la que Lafont le había enviado un artículo a
fin de que el ministro lograse su publicación, ya no
se publica, los periódicos tienen ya sus
colaboradores fijos, etc.
El 1 de agosto de 1931 la tenaz
francesa escribe desde el hotel Peñón Cantábrico, de
Fuenterrabía; en esta ocasión se muestra inquieta
por si Domingo no ha recibido una carta anterior en
la que le hablaba de un complot monárquico para
asesinar a Alcalá-Zamora, Largo Caballero y Lerroux.
En el margen Domingo anota que la había recibido,
aunque seguramente no le hizo mucho caso.
En mayo de 1932 Domingo tiene
previsto un viaje a París. Lafont se entera a través
de Indalecio Prieto y le inquiere la fecha exacta de
llegada para esperarle en la estación, porque no
quiere perderse la cara del prefecto, Jean Baptiste
Chiappe, cuando tenga que recibirle como ministro
cuando poco más de un año atrás le perseguía.
También le expresa su intención de darle un recado
para el ministro de Hacienda, Carner.
La
naturaleza de este recado para Carner se desvela en
una misiva fechada en París el 3 de septiembre de
1932; se trata de que Domingo presente a su colega
de Hacienda un proyecto de nueva lotería inventado
por un ingeniero francés[viii].
Su salud ha empeorado, no tiene trabajo fijo y la
pensión de su madre no alcanza para las dos, por lo
que le pide que Madariaga influya para que le den un
puesto de agregada de prensa en la embajada española
en la capital gala. Para ello hace profesión de su
fe republicana y recuerda como cuando vivía el
Primo de Rivera no podía entrar en España por haber
hecho la propaganda con Blasco. Y termina
felicitándose del fracaso del Sanjurjo ese y esa
partida de mamarrachos que todavía creen que el
señor de Borbón puede interesar a alguien allí.
Fracasada su gestión para obtener un
puesto en la embajada española dirige sus esfuerzos
(enero de 1933) hacia el Quai d’Orsay, para ser
encargada de la propaganda en España en el seno de
una organización dirigida por el diplomático y
periodista Pierre Camert. De nuevo solicita a
Marcelino Domingo que haga saber al gobierno francés
que sería vista con buenos ojos por el español para
ese puesto. Y de nuevo hace mención de sus méritos
republicanos, a los que añade ahora el haber silbado
al general Primo de Rivera con ocasión de un viaje
oficial de éste a París, lo que le había acarreado
ser detenida por la policía.
En julio de 1933 vuelve a la carga;
en esta ocasión envía a Domingo el curriculum
de un exiliado socialista alemán, Felix Wittmer, que
pretende obtener un lectorado en alguna universidad
española para ganarse la vida. No debe confiar ya
mucho en las dotes “conseguidoras” del ahora
ministro de Agricultura porque le espeta lo
siguiente: dígame francamente si Vd cree que
tiene facilidades para obtener algo, porque si no no
vale la pena (que) emprenda el viaje. Aprovecha
para pedirle fotos de campos españoles para
acompañar un artículo sobre la reforma agraria que
tiene pendiente de publicar en Le Monde Illustré.
Sorprendentemente el director general del Instituto
de Reforma Agraria, Dionisio Terrer, se muestra
incapaz de resolver algo tan sencillo como lo que se
le pide alegando no haberse incluido cantidad alguna
a ese objeto en los presupuestos del Instituto.
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Renée Lafont en 1913 |
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En sus cartas Lafont se
lamenta de lo difícil que está la vida en
Francia como consecuencia de la crisis
económica derivada del crack de la bolsa
neoyorquina de 1929. Se encuentra atada a
una madre anciana y enferma, y si no fuera
por esa circunstancia se habría ido a vivir
a España.
Todavía a finales de septiembre de
1933 sigue preguntando si van a hacer algo
por Wittmer, aunque lo que ahora tiene en
mente es cubrir para un periódico francés el
traslado de los restos de Blasco Ibáñez a
Valencia. |
Las últimas cartas son de finales de
diciembre de 1933 y enero de 1934, es decir, después
de la derrota electoral de Domingo y sus amigos.
Lafont le transmite su pesar por ello y el deseo de
que pronto su partido, unido con los socialistas,
volverán al gobierno y salvarán a la República que
Don Alejandro (Lerroux) quiere sabotear. En la
misma carta, de 28 de diciembre de 1933, la francesa
advierte de la publicación en el semanario suizo
Die Weltwoche, en el que ella misma colabora, de
un artículo en el que el huido financiero español
Juan March acusa a los ex ministros Indalecio
Prieto, Jaime Carner y Marcelino Domingo de haber
aceptado dos millones de pesetas del mallorquín sin
haber cumplido los compromisos que habrían contraído
a cambio. Lafont cree que el autor del artículo es
español, aunque no ha logrado averiguar su
identidad. Siempre vehemente, dice que ha renunciado
a su colaboración en el semanario de Zurich porque
para mí las ideas y lo que se sacrifica a un
ideal valen siempre más que los intereses.
Esa vehemencia y ese apasionamiento,
que debieron ser rasgos distintivos de su carácter,
afloran también de la lectura de las ya citadas
memorias del escritor Alberto Insúa. El literato de
origen cubano, que tuvo un breve paso por la
política como gobernador civil de Málaga de la mano
del Partido Radical, mantuvo una prolongada relación
profesional con Lafont, que traducía sus obras al
francés junto con las de Blasco Ibáñez y otros
escritores de lengua española. El relato de Insúa
deja entrever que esta relación fue más allá de lo
meramente profesional, ya que en un momento dado sus
relaciones literarias subsistían, si bien la que
llamaré nuestra amitié amoureuse habíase enfriado un
tanto por culpa de ambos. Una de las razones de
este distanciamiento habría sido que admiradora
tan arrebatada como ella del superindividualista
Clemenceau volvía a sentirse, también
apasionadamente, partidaria del socialismo...El
sabio y bondadoso Monsieur Lafont no sólo no
compartía las “ideas disolventes” de su hija, sino
que las censuraba, sin acritud, tal era su ternura
de padre, y prefería –me lo dijo- tomar aquello por
una veleidad sin consecuencia. Y vaya si las tuvo,
muy dolorosas como se verá en páginas
posteriores de estas remembranzas, si es que llego a
escribirlas.
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Renée Lafont hacia 1923 |
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Pero no llegó a escribirlas, las
memorias de Insúa se detienen en las postrimerías de
la Dictadura de Primo de Rivera.
Queda claro que el
escritor tuvo noticia del trágico final de su amiga,
aunque no sabemos si creía la versión generalmente
aceptada de una muerte a consecuencia de las heridas
recibidas.
El caso es que hasta hoy se venía
creyendo que Renée Lafont había muerto por las
heridas recibidas cuando, en realidad, fue fusilada.
Es más, habría que decir que estamos ante el primer
caso de una mujer periodista muerta en una guerra,
por delante de Gerda Taro. |
[i]
Con casi total seguridad su cuerpo fue
inhumado en la fosa común del cementerio de
la Salud.
[ii]
El Diario de Operaciones del Aeródromo de
Córdoba registra seis vuelos de aviones
Breguet XIX sobre esa zona en misiones de
reconocimiento y bombardeo durante ese día.
[iii]
El Studebaker pasó a ser el coche oficial
del comandante militar de Córdoba, coronel
Cascajo. Hay que recordar que el Ministerio
de la Guerra se mostraba bastante generoso
con los corresponsales extranjeros y les
asignaba un coche, generalmente requisado a
elementos considerados desafectos al Frente
Popular.
[iv]
Esa casilla, situada en el km 378 de la
vieja carretera Madrid–Cádiz, aún existe
casi oculta por la vegetación y en ruinas.
[v]
Si en verdad se inició algún tipo de
procedimiento judicial no hemos conseguido
encontrarlo hasta ahora a pesar de haber
indagado en el archivo del Tribunal Militar
Territorial nº 2 de Sevilla.
[vi]
¿Tal vez uno de los que acompañaban a Andrée
Viollis?
[vii]
Si existe documentación sobre el caso es
posible que se encuentre en los archivos de
Nantes.
[viii]
La
lotería en cuestión parecía más bien una
tómbola, pues se trataba de comprar sobres
cerrados en los que podía haber directamente
un premio. Jaime Carner lo rechazó de plano
por no tener nada que ver con la Lotería
Nacional y porque el público desconfiaría
del control y de la honestidad del sistema.
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